jueves, 16 de julio de 2026

Me alquilo para soñar. Gabriel García Márquez.

A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un marejazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes latinos. Yo había llegado de Roma esa mañana, y aún recuerdo mi impresión inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería. Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos guerras, si niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también uno de los más temibles.
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda Guerra había acabado de convertirla en un paraíso del mercado negro y el espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían presentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe: —Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo que más le gustaba que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un sistema propio de vaticinios.
Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija, hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el niño se atragantó con una canica de caramelo que se estaba comiendo a escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la verdad: «Sueño». Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años. Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas, y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas. Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó. Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna pérdida de tiempo.
He venido sólo para decirte que anoche tuve un sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado, que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso. Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías del viejo, y en Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo que hubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Ranigún. Se movía por entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo le parecía un inmenso juguete de cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun contra su voluntad, siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de impedir que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer: las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante, las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de comer, afinó sus antenas de bogavante, y me dijo en voz muy baja: hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de fieltro y una bufanda morada, masticaba despacio con los ojos fijos en él. La reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones de sueños.
Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros recuerdos sin oídos ajenos. Me contó que había vendido sus propiedades de Austria, y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. «Sigues tan atrevido como siempre», me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida había cambiado de tema.
A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena. Sólo entonces caí en la cuenta de que habían transcurrido trece años desde que nos conocimos.
Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le dije—. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio absoluto.
Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma de la almohada impreso en la mejilla.
Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso que le contara el sueño.
Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
Eso es de Borges —le dije. Él me miró desencantado.
¿Ya está escrito?
Si no está escrito lo va a escribir alguna vez —le dije—. Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la siesta.
Soñé con el poeta —nos dijo. Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi cara de asombro la confundió—. ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme admiración. «No se imagina lo extraordinaria que era», me dijo. «Usted no habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella». Y prosiguió en el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista que me permitiera una conclusión final.
En concreto, —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—. Soñaba.

Doce cuentos peregrinos, 1992.

miércoles, 15 de julio de 2026

La estatua inesperada. Ramón Gómez de la Serna.

No se supo nunca por qué había brotado aquella estatua en el jardín.
El caso fue que una mañana se encontraron con ella, quieta en el gesto hipócrita de las estatuas, sobre un pedestal de haber estado allí toda la vida.
Se hicieron indagaciones, se preguntó en diez leguas a la redonda. Nadie sabía nada.
Sólo el que todo lo explica de alguna manera opinó que aquel debía ser un fantasma, que había vuelto la cabeza o había hecho algo prohibido por la ley y se había quedado convertido en estatua de piedra.


lunes, 13 de julio de 2026

La vida de mi madre es un novela que me ha prohibido escribir. Isabel Allende. Paula, (fragmento).

La vida de mi madre es una novela que me ha prohibido escribir; no puedo revelar sus secretos y misterios hasta cincuenta años después de su muerte, pero para entonces estaré convertida en alimento de peces, si mis descendientes cumplen las instrucciones de arrojar mis cenizas al mar. A pesar de que rara vez logramos ponernos de acuerdo, ella es el amor más largo de mi vida, comenzó el día de mi gestación y ya dura medio siglo, además es el único realmente incondicional, ni los hijos ni los más ardientes enamorados aman así. Ahora está conmigo en Madrid. Tiene el pelo de plata y arrugas de setenta años, pero todavía brillan sus ojos verdes con la antigua pasión, a pesar de la amargura de estos meses, que todo lo torna opaco. Compartimos un par de piezas de hotel a pocas cuadras del hospital, donde contamos con una hornilla y una nevera. Nos alimentamos de chocolate espeso y churros comprados al pasar, a veces de unas contundentes sopas de lentejas con salchichón capaces de resucitar a Lázaro, que preparamos en nuestra cocinilla. Despertamos de madrugada, cuando todavía está oscuro, y mientras ella se despereza, yo me visto de prisa y preparo café. Parto primero, por calles parchadas de nieve sucia y hielo, y un par de horas más tarde ella se reúne conmigo en el hospital. El día se nos va en el corredor de los pasos perdidos, junto a la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos, solas hasta el anochecer, cuando aparece Ernesto de vuelta de su trabajo y comienzan a llegar de visita los amigos y las monjas.
Según el reglamento sólo podemos atravesar esa puerta nefasta dos veces al día, vestirnos con los delantales verdes, calzarnos forros de plástico y caminar veintiún pasos largos con el corazón en la mano hasta tu sala, Paula. Tu cama es la primera de la izquierda, hay doce en esa habitación, algunas vacías, otras ocupadas: pacientes cardíacos, recién operados, víctimas de accidentes, drogas o suicidios, que pasan por allí unos días y luego desaparecen, algunos vuelven a la vida, a otros se los llevan cubiertos con una sábana. A tu lado yace don Manuel, muriéndose lentamente. A veces se incorpora un poco para mirarte con ojos nublados por el dolor, vaya qué guapa es su niña, me dice. Suele preguntarme qué te sucedió, pero está sumido en las miserias de su propia enfermedad y apenas termino de explicarle lo olvida. Ayer le conté un cuento y por primera vez me escuchó con atención: había una vez una princesa a quien el día del bautizo sus hadas madrinas colmaron de dones, pero un brujo colocó una bomba de tiempo en su cuerpo, antes que su madre pudiera impedirlo. Para la época en que la joven cumplió veintiocho años felices todos habían olvidado el maleficio, pero el reloj contaba inexorablemente los minutos y un día aciago explotó la bomba sin ruido. Las enzimas perdieron el rumbo en el laberinto de las venas y la muchacha se sumió en un sueño tan profundo como la muerte.
Que Dios guarde a su princesa, suspiró don Manuel.
A ti te cuento otras historias, hija.
Mi infancia fue un tiempo de miedos callados: terror de Margara, que me detestaba, de que apareciera mi padre a reclamarnos, de que mi madre muriera o se casara, del diablo, los juegos bruscos, las cosas que los hombres malos pueden hacer con las niñas. No se te ocurra subir al automóvil de un desconocido, no hables con nadie en la calle, no dejes que te toquen el cuerpo, no te acerques a los gitanos. Siempre me sentí diferente, desde que puedo recordarlo he estado marginada; no pertenecía realmente a mi familia, a mi medio social, a un grupo. Supongo que de ese sentimiento de soledad nacen las preguntas que impulsan a escribir, en la búsqueda de respuestas se gestan los libros. El consuelo en los momentos de pánico fue el persistente espíritu de la Memé, que solía desprenderse de los pliegues de la cortina para acompañarme. El sótano era el oscuro vientre de la casa, lugar sellado y prohibido al cual me deslizaba por un ventanuco de ventilación. Me sentía bien en esa caverna olorosa a humedad, donde jugaba rompiendo tinieblas con una vela o con la misma linterna que usaba para leer de noche bajo las sábanas. Pasaba horas dedicada a juegos callados, lecturas clandestinas y esas complicadas ceremonias que inventan los niños solitarios. Había almacenado una buena provisión de velas robadas en la cocina y tenía una caja con trozos de pan y galletas para alimentar a los ratones. Nadie sospechaba de mis excursiones al fondo de la tierra, las empleadas atribuían los ruidos y las luces al fantasma de mi abuela y no se acercaban jamás por ese lado. El subterráneo consistía en dos cuartos amplios de techo bajo y suelo de tierra apisonada, donde quedaban expuestos los huesos de la casa, sus tripas de cañerías, su peluca de cables eléctricos; allí se amontonaban muebles rotos, colchones despanzurrados, pesadas maletas antiguas para viajes en barco que ya nadie recordaba. En un baúl metálico marcado con las iniciales de mi padre, encontré una colección de libros, fabulosa herencia que iluminó esos años de mi infancia: El tesoro de la juventud, Salgari, Shaw, Verne, Twain, Wilde, London y otros. Los supuse vedados porque pertenecían a ese T. A. de nombre impronunciable, no me atreví a sacarlos a la luz y, alumbrada por candiles, me los tragué con la voracidad que despiertan las cosas prohibidas, tal como años después leí a escondidas Las mil y una noches, aunque en realidad en esa casa no había libros censurados, nadie tenía tiempo para vigilar a los niños y mucho menos sus lecturas. A los nueve años me sumergí en las obras completas de Shakespeare, primer regalo del tío Ramón, una bella edición que repasé innumerables veces sin parar mientes en su calidad literaria, por el simple placer del chisme y la tragedia, es decir, por la misma razón que antes escuchaba los folletines de la radio y ahora escribo ficción.
Vivía cada cuento como si fuera mi propia vida, yo era cada uno de los personajes, sobre todo los villanos, mucho más atrayentes que los héroes virtuosos. La imaginación se me disparaba inevitablemente hacia la truculencia. Si leía sobre los pieles rojas que arrancaban el cuero cabelludo a sus enemigos, suponía que las víctimas quedaban vivas y continuaban sus luchas con apretados gorros de piel de bisonte para sujetarse los sesos que asomaban entre las fisuras del cráneo despellejado, y de allí a imaginar que las ideas también se les escapaban había un paso.
Dibujaba los personajes en cartulina, los recortaba y los sostenía con palitos, ese fue el comienzo de mis primeros intentos en el teatro. Les contaba cuentos a mis alelados hermanos, horribles historias de suspenso que llenaban sus días de terrores y sus noches de pesadillas, tal como después hice con mis hijos y con algunos hombres en la intimidad de la cama, donde una fábula bien contada suele tener un poderoso efecto afrodisiaco.
El tío Ramón tuvo una influencia fundamental en muchos aspectos de mi carácter, aunque en algunos casos me ha costado cuarenta años relacionar sus enseñanzas con mis reacciones. Poseía un Ford destartalado que compartía a medias con un amigo; él lo usaba lunes, miércoles, viernes y domingo por medio, y el otro lo tenía el resto del tiempo. Uno de esos domingos con automóvil, nos llevó con mis hermanos y mi madre al Open Door, un fundo en los alrededores de Santiago donde internaban a los locos mansos.
Conocía bien esos parajes porque en su juventud pasaba las vacaciones allí invitado por unos parientes que administraban la parte agrícola del sanatorio. Entramos a barquinazos por un camino de tierra bordeado por grandes plátanos orientales formando una bóveda verde por encima de nuestras cabezas. A un lado quedaban los potreros y al otro los edificios rodeados de un huerto de árboles frutales, donde deambulaban unos cuantos dementes pacíficos vestidos con camisolas descoloridas, que acudieron a nuestro encuentro corriendo junto al coche y asomando las caras y las manos por las ventanillas entre gritos de bienvenida. Nos encogimos en el asiento espantados mientras el tío Ramón los saludaba por el nombre, algunos habían estado allí por muchos años y en los veranos de su juventud jugaba con ellos. Por un precio razonable negoció con el cuidador para que nos dejara entrar al huerto.
Bájense, niños, los locos son buena gente —ordenó—. Pueden subirse a los árboles, comer todo lo que quieran y llenar este saco.
Somos inmensamente ricos.
No sé cómo consiguió que los internos del sanatorio nos ayudaran.
Pronto les perdimos el miedo y terminamos todos encaramados devorando damascos, chorreados de jugo, arrancándolos a manos llenas de las ramas para meterlos en la bolsa. Les dábamos un mordisco y si no nos parecían bien dulces los tirábamos y sacábamos otro, nos lanzábamos los damascos maduros, que nos reventaban encima en una verdadera orgía de fruta y de risa.
Comimos hasta la saciedad y después de despedirnos a besos de los orates emprendimos el regreso en el viejo Ford con la gran bolsa repleta, de la cual seguimos engullendo hasta que nos vencieron los calambres de barriga. Ese día tuve conciencia por primera vez de que la vida puede ser generosa. Jamás habría tenido una experiencia así con mi abuelo o con otro miembro de mi familia, que consideraban la escasez una bendición y la avaricia una virtud. De vez en cuando el Tata aparecía con una bandeja de pasteles, siempre medidos, uno para cada uno, nada faltaba y nada sobraba. El dinero era sagrado y a los niños nos enseñaban desde temprano cuánto costaba ganarlo. Mi abuelo tenía fortuna, pero no lo sospeché hasta mucho después. El tío Ramón era pobre como un ratón de sacristía y tampoco lo supe entonces, porque se las arregló para enseñarnos a gozar de lo poco que tenía. En los momentos más duros de mi existencia, cuando me ha parecido que se cierran todas las puertas, el sabor de esos damascos me viene a la boca para consolarme con la idea de que la abundancia está al alcance de la mano, si uno sabe encontrarla.

Paula, 1994.

domingo, 12 de julio de 2026

Pero ya no hay locos. León Felipe.

Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto y… ni en España hay locos. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.
Oíd… esto,
historiadores… filósofos… loqueros
Franco… el sapo iscariote y ladrón en la silla del juez repartiendo castigos y premios,
en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida del pecho,
y el hombre aquí, de pie, firme, erguido, sereno,
con el pulso normal, con la lengua en silencio,
los ojos en sus cuencas y en su lugar los huesos…
El sapo iscariote y ladrón repartiendo castigos y premios…
y yo, callado aquí, callado, impasible, cuerdo…
¡cuerdo!, sin que se me quiebre el mecanismo del cerebro.
¿Cuándo se pierde el juicio? (yo pregunto, loqueros).
¿Cuándo enloquece el hombre? ¿Cuándo, cuándo es cuando se enuncian los conceptos
absurdos y blasfemos
y se hacen unos gestos sin sentido, monstruosos y obscenos?
¿Cuándo es cuando se dice por ejemplo:
No es verdad. Dios no ha puesto
al hombre aquí, en la Tierra, bajo la luz y la ley del universo;
el hombre es un insecto
que vive en las partes pestilentes y rojas del mono y del camello?
¿Cuándo si no es ahora (yo pregunto, loqueros),
cuándo es cuando se paran los ojos y se quedan abiertos, inmensamente abiertos,
sin que puedan cerrarlos ni la llama ni el viento?
¿Cuándo es cuando se cambian las funciones del alma y los resortes del cuerpo
y en vez de llanto no hay más que risa y baba en nuestro gesto?
Si no es ahora, ahora que la justicia vale menos, infinitamente menos
que el orín de los perros;
si no es ahora, ahora que la justicia tiene menos, infinitamente menos
categoría que el estiércol;
si no es ahora… ¿cuándo se pierde el juicio? Respondedme, loqueros,
¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos el mecanismo del cerebro?
Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario fantasma del desierto
y… ¡Ni en España hay locos! ¡Todo el mundo está cuerdo,
terrible, monstruosamente cuerdo!…
¡Qué bien marcha el reloj! ¡Qué bien marcha el cerebro!
Este reloj…, este cerebro, tic-tac, tic-tac, tic-tac, es un reloj perfecto…,
perfecto, ¡perfecto!

El payaso de las bofetadas, 1938.

sábado, 11 de julio de 2026

El mundo. Emilia Pardo Bazán.

Las dos hermanas se encontraron en el estrecho pasillo; casi se tropezaron, y se dieron un beso, siendo de cariño a pesar de lo tristes que estaban. La mayor, Dionisia, venía del cuarto de la madre enferma, trayendo una taza de caldo vacía ya; la menor, Germana, de la cocina, de calentar por sus manos un parche cáustico. La penosa y quebrantadora faena de enfermeras, la vigilia y las inquietudes habían empalidecido y ajado sus caras graciosas, donde esplendía, antes, fresca y atractiva, la «belleza del diablo».
-¿Cómo queda ahora? -preguntó Dionisia.
-Me parece que peor... Con mucha fatiga, ¿sabes?
-¿Recado al médico?
-No quiere.
-¡Aunque no quiera...!
Suplicantes, momentos después balbuceaban al oído de la paciente... Era necesario que viniese el doctor; con que recetase un calmante, aquel acceso pasaría...
Respiroteaba la señora como pez a quien sacan de su elemento y dejan temblar sobre la playa en anhelo agónico. Desmadejada, azulosa la tez, sus labios morados se abrían desmesuradamente, queriendo beberse todo el aire del mundo. Las hijas, conteniendo el sollozo, la auxiliaban como podían; dábanle fricciones suaves, la incorporaban, abrían la ventana de par en par. El parche, olvidado, se enfriaba sobre la mesa de noche. Al fin se aquietó un poco; la respiración era más fácil y franca. Pudo hablar:
-Ahorrad médico. Lo indispensable. Acordaos de que cada visita cuesta un duro.
Ante el gesto de desinterés de indiferencia de las muchachas, la señora añadió, no sin esfuerzo doloroso, terrible:
-Es que no sabéis de la misa la media... Creéis que únicamente hemos bajado de posición... Ayer me entregasteis carta del tío Manolo, que ha terminado la liquidación de nuestra fortuna... Estamos completamente arruinadas, y aún peor: estamos alcanzadas en seis mil y pico de duros. ¿Qué tal?... Llamad médico, llamad médico... ¡Si al fin yo duraré pocos días, y no hay médico en el mundo que pueda curarme! Con este golpe..., lo he sentido; se me ha descompuesto algo dentro, en el corazón... ¡Pobres pequeñas mías! ¡Ánimo, no lloréis!...
Era tardío el encargo, Dionisia y Germana, abrazadas, se mojaban recíprocamente los rostros con el llanto ardiente y salado de las grandes amarguras... La primera en dominarse fue la menor; arrastró fuera de la habitación a la mayor y la llevó hacia una salita amueblada con cierto lujo, reliquia del bienestar antiguo.
-¿Qué va a ser de nosotras? -tartamudeó hipando aún Dionisia.
-Trabajaremos -decidió Germana prontamente-. Y desde hoy mismo. No en balde nos llaman Manitas de oro. No creas que aguardaré a que mamá se muera, a que nos echen de esta casa y perdamos nuestra única esperanza de salvación.
-Y, por mucho que trabajemos, ¿crees tú que sacaremos para vivir?
-De seguro. Y para volver a tener coche.
-¿Y los intereses de la deuda de los seis mil? Porque hay que pagarlos, ¿entiendes?
-¡Vaya si hay que pagarlos! -murmuró pensativa, lacrimosa, Germana-. No vamos a dejar en vergüenza la memoria de mamá. Sólo que entonces..., habrá que trabajar de otro modo.
-¿De qué modo? -interrogó, recelosa, Dionisia.
-Yo me entiendo.
-No vayas a hacer una de las tuyas...
Vistiose Germana con elegancia y coquetería: traje sastre de fino paño marrón; toca azul, donde anidaba un pajarito tornasolado; tomó un coche y fue recorriendo las casas de las amigas de antaño, que se mostraban frías o, por lo menos, alejadas, desde el momento en que «las de Ramos» se encontraron en mala situación económica... Donde la recibían, Germana entraba decidida, sonriente bajo el velito de motas; un ramillo de violetas naturales, preso en la solapa, la anunciaba con la discreta brisa de su perfume; y soltaba el discurso, no en tono suplicante, sino como el que pide lo que se le debe.
-No estamos lo que se dice en grave apuro, eso no; sin embargo, hemos sufrido pérdidas... ¡Figúrate que vivíamos con tanto lujo...! Cuesta, cuesta el acostumbrarse a recortar gastos. Echamos de menos el coche, los abonos, los viajes. En vista de esto -añadía precipitadamente la niña al notar las nubes de desconfianza y precaución que iban cubriendo la faz de su interlocutora-, hemos resuelto ser en breve más ricas que nunca. Yo tengo disposición, buen gusto, algo de chic. He aceptado la representación de una modista muy elegante de Biarritz, la que nos vestía antes; este traje es de ella... Reproduciremos aquí sus modelos con alguna rebaja, naturalmente... Haremos las toilettes y los sombreros; todo completo. Pago, eso sí, al contado; la modista nos lo exige... Hemos montado taller. Conque, querida, a ver si nos ayudas..., ¿eh? No te pido otro favor... Es en ventaja tuya; vestirás bien con menos sacrificio, y lo que lleves será igual, como que es el modelo, a lo que otras traigan de casa madama Lagazc... Te dejo las señas. Corre la voz... Ven a casa a ver los modelitos...
Los confeccionó ella misma, con trapos suyos, sobre maniquíes de alambre de unas cuantas pulgadas de alto. Había el traje de sociedad, el de calle, el de abrigo y hasta el alborotado, insolente, enorme sombrero. La fiebre de la inspiración hacía que Germana ni tuviese tiempo de notar que su madre empeoraba. Dionisia, desesperanzada y temblona, lloraba por los rincones. Germana, valerosa, esperaba las parroquianas seguras. Al espejuelo de la elegancia extranjera, la mujer acude, y acudió. Dos antiguas amigas se encargaron trajes sastre; tres o cuatro desconocidas, abrigos y sombreros; una dama de alto copete pidió el traje de sociedad muy aprisa, a plazo fijo, para comida y baile en la Embajada de Rusia...
-Oye, Dionisia -suplicó Germana, con voz rota por la emoción-: coge, sin que mamá te vea, todo el dinero que tenga ella en su armario... hay que adelantar tela, los adornos...
-No me atrevo... ¡Coger, así, del armario! ¡Las economías de mamá!
-¿Prefieres pedir limosna?
La energía sugestiona, la resolución fascina. Dionisia se apoderó de la cantidad, y los trajes empezaron a surgir. Las hermanas no dormían, no comían ni vivían. La enferma hubo de notar algo extraño.
-¿Qué os pasa? ¡Qué raras estáis! ¿Por qué me deja Germana sola tanto tiempo? ¿A qué se dedica? ¡Ingrata! Que venga...
Una mañana, el ahogo de la señora fue más largo, o las fuerzas se hallaban más agotadas tal vez... Sobre el brazo de Dionisia cayó la inerte cabeza de la madre, libre ya de penas y sufrimientos, bañada en eterno reposo. Las hijas, arrodillándose al pie de la cama, sollozaban sin consuelo. Se oyó sonar la campanilla imperiosamente.
-¡Llaman!... -gimió Dionisia.
-¡Es la parroquiana del traje de sociedad!... ¡La había citado a esta hora! Viene a probar -hipó Germana, levantándose.
-¿Vas a recibirla? -reprobó la hermana mayor.
-¡Ya lo creo!...
Y Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa.
-¿Llora usted? -preguntábale entre compadecida y curiosa la cliente, mientras ahuecaba con el dedo un pliegue del cuerpo escotado, para señalar la arruga.
-Sí, señora. Acabo de saber que se me ha muerto una parienta... allá en Andalucía.
-¿Cercana?
No mucho... Pero la queríamos... ¿Le gusta a la señora el escote bajo, o sin hombreras? Ahora se llevan poco...
-Más bajito..., así... Que no me falte usted mañana, ¿eh? Espero el vestido por la tarde...
Al día siguiente -horas después del entierro- Germana cobraba la primera toilette de las que hicieron la reputación de las famosas hermanas Ramos. Se ganaba en el traje sobre unas trescientas pesetas.
-Si yo confieso mi verdadera situación -decíame Germana, al referirme su escondida tragedia-, o me vuelven la espalda o me dan unas «perras» de limosna... Hay que pedir con soberbia y para lujo; no para comer...


viernes, 10 de julio de 2026

El hambre. Miguel Hernández.

Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con yugos en el alma, con golpes en el lomo.


El hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente a los comedores y los cuerpos salubres.


Los años de abundancia, la saciedad, la hartura
eran sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para que venga el pan justo a la dentadura
del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.


Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente,
los que entienden la vida por un botín sangriento:
como los tiburones, voracidad y diente,
panteras deseosas de un mundo siempre hambriento.


Años del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban para el otro su cantidad los panes.
Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.


Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices y heridas, señales y recuerdos
del hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos con un origen peor que el de los cerdos.


Por haber engordado tan baja y brutalmente,
más abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis atravesados por esta gran corriente
de espigas que llamean, de puños que amenazan.


No habéis querido oír con orejas abiertas
el llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrabais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a pedir con la boca de los mismos luceros.


En cada casa, un odio como una higuera fosca,
como un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe por los tejados, os cerca y os embosca,
y os destruye a cornadas, perros agonizantes.


El hambre es el primero de los conocimientos:
tener hambre es la cosa primera que se aprende.
Y la ferocidad de nuestros sentimientos,
allá donde el estómago se origina, se enciende.


Uno no es tan humano que no estrangule un día
pájaros sin sentir herida en la conciencia:
que no sea capaz de ahogar en nieve fría
palomas que no saben si no es de la inocencia.


El animal influye sobre mí con extremo,
la fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A veces, he de hacer un esfuerzo supremo
para acallar en mí la voz de los leones.


Me enorgullece el título de animal en mi vida,
pero en el animal humano persevero.
Y busco por mi cuerpo lo más puro que anida,
bajo tanta maleza, con su valor primero.


Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.


Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura.


Entonces sólo sabe del mal, del exterminio.
Inventa gases, lanza motivos destructores,
regresa a la pezuña, retrocede al dominio
del colmillo, y avanza sobre los comedores.


Se ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces sólo veo sobre el mundo una piara
de tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.


Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido,
tanto chacal prohijado, que el vino que me toca,
el pan, el día, el hambre no tenga compartido
con otras hambres puestas noblemente en la boca.


Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.
Yo, animal familiar, con esta sangre obrera
os doy la humanidad que mi canción presiente.

 

El hombre acecha. 1939.

miércoles, 8 de julio de 2026

Volver al hogar. Lucia Berlin.

Nunca he visto los cuervos abandonar el árbol por la mañana, pero cada tarde, una media hora antes de que oscurezca, empiezan a acudir desde todos los puntos del pueblo. Tal vez haya algunos que se dediquen a barrer el cielo por zonas llamando a los demás para volver a casa, o quizá vuelen por libre en círculos recogiendo a los rezagados antes de posarse en el árbol. He observado bastante, cabría esperar que a estas alturas lo supiera, pero yo solo veo cuervos, docenas de cuervos, que llegan volando desde todas las direcciones y cinco o seis se quedan dando vueltas como sobre el aeropuerto de O’Hare, graznando, graznando. Y de pronto se hace el silencio en una fracción de segundo y no ves ni uno. El árbol parece un arce corriente. Jamás dirías que hay tantos pájaros ahí metidos.
La primera vez que los vi fue de casualidad. Había ido al centro y me quedé en el balancín del porche de la entrada con mi tanque de oxígeno portátil a contemplar la luz del atardecer. Suelo sentarme en el porche trasero, adonde llega el tubo que uso normalmente. A veces a esa hora veo las noticias o preparo la cena. A lo que me refiero es a que fácilmente podría no tener ni idea de que ese arce en concreto se llena de cuervos al caer el sol.
¿Se marchan luego a dormir todos juntos en otro árbol, en un lugar más elevado del monte Sanitas? Quizá, porque me levanto temprano, me siento delante de la ventana que mira a las estribaciones de la montaña, y nunca los he visto alzar el vuelo desde el árbol. Veo ciervos, en cambio, subiendo por las laderas del monte Sanitas y la cresta Dakota cuando los primeros albores iluminan las rocas. Si hay nieve y hace mucho frío, las cimas se arrebolan, el hielo convierte el alba en un vitral rosado, coral fosforescente.
Claro que ahora es invierno. El árbol está desnudo y no hay cuervos. Tan solo estoy pensando en los cuervos. Me cuesta caminar, así que recorrer la pequeña pendiente empinada sería demasiado para mí. Podría ir en coche, supongo, como Buster Keaton pidiéndole a su chófer que lo lleve al otro lado de la calle, aunque creo que entonces estaría demasiado oscuro para ver los pájaros posados en el árbol.
Ni siquiera sé por qué empecé a darle vueltas. Ahora las urracas pasan como relámpagos azules, verdes sobre el fondo nevado. Tienen un graznido similar, mandón y estridente. Por supuesto podría conseguir un libro o llamar a alguien y averiguar los hábitos de cría de los cuervos, pero lo que me preocupa es que los descubrí solo por azar. ¿Qué más me he perdido? ¿Cuántas veces en mi vida he estado, digámoslo así, en el porche de atrás y no en el de delante? ¿Qué me habrían dicho que no alcancé a escuchar? ¿Qué amor pudo haberse dado que no sentí?
Son preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta a la pena al pesar al remordimiento. Si permito que entren, aunque sea por una rendija de autocompasión, zas, la puerta se abrirá de golpe y una tempestad de dolor me desgarrará el corazón y cegará mis ojos de vergüenza rompiendo tazas y botellas derribando frascos rompiendo las ventanas tropezando sangrienta sobre azúcar derramado y vidrios rotos aterrorizada entre arcadas hasta que con un estremecimiento y sollozo final consiga volver a cerrar la pesada puerta. Y recoja los pedazos una vez más.
Tal vez no sea tan arriesgado dejar que el pasado entre, siempre que sea bajo la premisa «¿Y si?». ¿Y si hubiera hablado con Paul antes de que se marchara? ¿Y si hubiera pedido ayuda? ¿Y si me hubiera casado con H? Sentada aquí, mirando por la ventana el árbol donde ahora no hay hojas ni cuervos, las respuestas a cada una de esas preguntas resultan extrañamente tranquilizadoras. Son especulaciones imposibles. Todo lo bueno o malo que ha ocurrido en mi vida ha sido predecible e inevitable, en especial las decisiones y los actos que han garantizado que ahora esté completamente sola.
Pero ¿y si vuelvo atrás, a antes de que nos mudáramos a Sudamérica? ¿Y si el doctor Mock hubiera dicho que no podía marcharme de Arizona durante un año, que necesitaba terapia intensiva y ajustes en el corsé, posiblemente cirugía para mi escoliosis? Me habría reunido con mi familia al año siguiente. ¿Y si hubiera vivido con los Wilson en Patagonia, si hubiera ido cada semana al traumatólogo de Tucson, leyendo Emma o Jane Eyre en el caluroso trayecto de autobús?
Los Wilson tenían cinco hijos, todos ya con edad para trabajar en el almacén de abastos o la confitería propiedad de la familia. Yo trabajaba antes y después de la escuela en la confitería con Dot, y compartía con ella la habitación de la buhardilla. Dot tenía diecisiete años, era la niña mayor. Una mujer, de hecho. Me recordaba a las mujeres de las películas, por el modo en que se ponía el maquillaje de la polvera y se fijaba el pintalabios, y echaba el humo por la nariz. Dormíamos juntas en el jergón de heno cubierto con colchas viejas. Aprendí a no molestarla, a yacer en silencio, subyugada por la mezcolanza de olores que exhalaba. Domaba sus rizos pelirrojos con aceite Wildroot, se untaba la cara con Noxzema por la noche, y siempre se ponía perfume Tweed en las muñecas y detrás de las orejas. Olía a cigarrillos y sudor y desodorante Mum y lo que con el tiempo aprendí que era sexo. Las dos olíamos a grasa rancia porque en la confitería también preparábamos hamburguesas y patatas fritas, hasta que cerraba a las diez. Volvíamos a pie a casa cruzando deprisa la avenida principal y las vías del tren, pasando la taberna Frontier y bajando la calle hasta la casa de sus padres. La casa de los Wilson era la más bonita del pueblo. Un caserón blanco de dos plantas con una cerca de madera, jardín y césped. La mayoría de las casas en Patagonia eran pequeñas y feas. Típicas casas de paso en un pueblo minero, pintadas de aquel raro color caramelo que caracterizaba las estaciones de tren de los asentamientos mineros. La mayoría de la gente trabajaba en la montaña, en las minas de Trench y Flux donde mi padre había sido supervisor. Ahora se dedicaba a comprar mena en Chile, Perú y Bolivia. Se había marchado a desgana de las minas, le gustaba trabajar allí abajo. Mi madre lo había convencido, todo el mundo insistió en que se marchara. Era una gran oportunidad y se haría muy rico.
Mi padre le pagaba a los Wilson mis gastos de alojamiento y comida, pero todos decidieron que me convenía trabajar igual que los otros chicos. Y trabajábamos duro, especialmente Dot y yo, porque acabábamos muy tarde y nos levantábamos a las cinco de la mañana. Abríamos para los mineros que iban desde Nogales a la mina de Trench. Llegaban en tres autobuses, con quince minutos de diferencia uno del otro; los mineros disponían del tiempo justo para uno o dos cafés y alguna rosquilla. Nos daban las gracias al salir, y se despedían con un ¡Hasta luego! Acabábamos de limpiar y nos preparábamos unos sándwiches para el almuerzo. La señora Wilson venía a tomar el relevo y nosotras nos íbamos a la escuela. Yo todavía estudiaba en el colegio de primaria en lo alto de la colina. Dot había empezado el instituto.
Cuando volvíamos a casa por la noche, ella salía a escondidas a ver a su novio, Sextus, que vivía en un rancho en Sonoita y había dejado los estudios para ayudar a su padre. No sé a qué hora regresaba, porque me quedaba dormida nada más recostar la cabeza en la almohada. ¡Caía redonda! Me encantaba la idea de dormir en un colchón de heno, como en Heidi. El heno era mullido y olía bien. Siempre me parecía que acababa de cerrar los ojos cuando Dot me zarandeaba para despertarme. Ella ya se había aseado o duchado y vestido, y mientras yo lo hacía se cepillaba el pelo cortado a lo paje y se maquillaba.
¿Qué estás mirando? Arregla la cama si no tienes nada más que hacer.
Me detestaba, pero yo también a ella, así que no me importaba. De camino a la confitería me repetía una y otra vez que más me valía no contarle a nadie que se veía con Sextus a hurtadillas, su padre la mataría. De no ser porque en el pueblo todo el mundo sabía lo de Dot y Sextus la habría delatado, no a sus padres, pero a alguien, solo por lo mal que me trataba. Era mala conmigo por principio. Daba por hecho que debía odiar a esa chica que le habían endosado en su cuarto. Por lo demás nos llevábamos bien, la verdad, hacíamos muecas y nos reíamos, formábamos un buen equipo, cortando cebollas, preparando sifón, dando la vuelta a las hamburguesas. Las dos éramos rápidas y eficientes, a las dos nos gustaba tratar con la clientela, sobre todo los simpáticos mineros mexicanos, que por las mañanas bromeaban y tonteaban con nosotras. Después del colegio venían chicos de la escuela y gente del pueblo, a tomar refrescos o helados, a poner canciones en la rocola y jugar al petaco. Preparábamos hamburguesas, perritos calientes enchilados, queso gratinado. Servíamos ensaladas de atún y huevo, ensaladillas de patata o de col que hacía la señora Wilson. El plato más popular, sin embargo, era el chili que la madre de Willie Torres traía cada tarde. Chili rojo en invierno, chili verde con cerdo en verano. Pilas de tortillas de harina que nosotras calentábamos en la parrilla.
Una razón de que Dot y yo trabajáramos con tanto ahínco y rapidez era nuestro acuerdo tácito de que, una vez estaban servidos los platos y la parrilla limpia, ella se escabullía por la puerta de atrás con Sextus y yo me ocupaba de las pocas comandas de tarta y café entre las nueve y las diez. Y normalmente me quedaba haciendo los deberes con Willie Torres.
Willie trabajaba hasta las nueve en el despacho del analista, contiguo a la confitería. Habíamos ido al mismo curso en la escuela y allí nos hicimos amigos. Los sábados por la mañana yo solía bajar con mi padre en la camioneta a comprar víveres y recoger el correo para las cuatro o cinco familias que vivían en lo alto de la montaña, al lado de la mina de Trench. Después de hacer y cargar todas las compras, papá se pasaba por el Laboratorio de Ensayos Minerales del señor Wise. Tomaban café y hablaban de... ¿mena, minas, vetas? Lo siento, no prestaba atención, aunque sé que era sobre minerales. En el despacho, Willie parecía una persona distinta. Era un chico tímido en la escuela, había venido de México con ocho años, así que aunque era más inteligente que la señora Boosinger, a veces pasaba apuros para leer y escribir. El primer mensaje de amor que me mandó fue «Sé mi nobia». Aun así nadie se burlaba de él, como hacían conmigo y mi corsé ortopédico, gritándome «¡Tronco!», cuando entraba en clase, por lo alta que era. Willie también era alto, con una cara india, pómulos marcados y ojos oscuros. Llevaba la ropa limpia, pero raída y demasiado pequeña, y el pelo largo y greñudo, cortado por su madre. Cuando leí Cumbres borrascosas, a Heathcliff me lo imaginé igual que Willie, apasionado y valiente.
En el Laboratorio de Ensayos Minerales daba la impresión de saberlo todo. De mayor sería geólogo. Me enseñó cómo distinguir el oro y el oro de los tontos y la plata. Aquel primer día mi padre me preguntó de qué estábamos hablando. Le mostré lo que había aprendido.
Esto es cobre. Cuarzo. Plomo. Zinc.
¡Estupendo! —dijo, muy complacido. Volviendo a casa me dio una charla de geología sobre el terreno todo el trayecto hasta la mina.
Otros sábados Willie me enseñó más rocas.
Esto es mica. Esta roca es pizarra, esta caliza.
Me ayudó a entender los mapas de las minas. Revolvíamos en cajas llenas de fósiles. Él y el señor Wise se dedicaban a recopilarlos.
¡Eh, mira este! ¡Parece una hoja!
No me daba cuenta de que amaba a Willie porque nuestra cercanía era velada, nada que ver con el amor del que las chicas hablaban a todas horas, ni los romances o los idilios o los corazones atravesados con flechas.
En la confitería corríamos las cortinas, nos sentábamos en la barra a hacer los deberes durante esa última hora antes del cierre, tomando helados con sirope de chocolate caliente. Willie trucaba la rocola para que sonaran «Slow Boat to China», «Cry» y «Texarkana Baby» una y otra vez. A él se le daban bien la aritmética y el álgebra, y yo era buena con las palabras, así que nos ayudábamos. Apoyados uno en el otro, enganchábamos las piernas a los taburetes. Ni siquiera me molestaba que pasara el codo por la barra metálica que sobresalía de mi corsé ortopédico. Normalmente solo de ver que alguien notaba el corsé bajo la ropa me moría de vergüenza.
Por encima de todo compartíamos la modorra. Nunca decíamos: «Ay, me caigo de sueño, ¿tú no?». Simplemente estábamos cansados, nos recostábamos bostezando juntos en la confitería. Bostezábamos y nos sonreíamos desde la otra punta de la clase en la escuela.
Su padre murió en un derrumbe en la mina de Flux. Mi padre había intentado cerrarla desde que nos mudamos a Arizona. Ese fue su trabajo durante años, comprobar las minas para ver si las vetas se agotaban o eran inseguras. Lo llamaban Brown el Clausurador. Esperé en la camioneta mientras él iba a decírselo a la madre de Willie. Eso fue antes de conocernos. Me asusté, porque mi padre lloró todo el camino desde el pueblo a casa. Más adelante Willie me contaría que mi padre había luchado por conseguir pensiones para los mineros y sus familias, cuánto ayudó eso a su madre. Tenía cinco hijos más, trabajaba de lavandera y cocinera para distinta gente.
Willie madrugaba tanto como yo, se ocupaba de cortar leña, de preparar el desayuno a sus hermanos y hermanas. La clase de educación cívica era la peor, imposible mantenerse despierto, sentir interés. Nos la daban a las tres de la tarde. Una hora interminable. En invierno la estufa de leña empañaba las ventanas y salíamos con las mejillas encendidas. A la señora Boosinger le ardía la cara bajo las dos manchas moradas de colorete. En verano, con las ventanas abiertas y las moscas revoloteando alrededor, las abejas zumbando y el tictac del reloj, tanta modorra, tanto calor, ella hablaba y hablaba sobre la Primera Enmienda y de pronto, ¡zas!, descargaba la regla en la mesa.
¡Despertad, despertad! ¡Vamos, par de zánganos, no tenéis sangre en las venas! ¡Erguíos! ¡Despertad! ¡Zánganos!
Una vez pensó que me había dormido, pero yo solo estaba descansando la vista.
Lulu, ¿quién es el secretario de Estado?
Acheson, señorita.
Se sorprendió.
Willie, ¿quién es el secretario de Agricultura?
¿Topeka y Santa Fe?
Creo que los dos estábamos ebrios de sueño. Cada vez que nos pegaba en la cabeza con el libro de Educación Cívica, nos reíamos con más ganas. A Willie lo mandó al pasillo y a mí al guardarropa, y al final de la clase nos encontró a los dos acurrucados, profundamente dormidos.
De vez en cuando Sextus trepaba al cuarto de Dot.
¿La niña está dormida? —le oía susurrar.
Como un tronco.
Y era verdad. Por más que intentaba quedarme despierta para ver lo que hacían, no había manera.


Me pasó una cosa rara esta semana. Con el rabillo del ojo empecé a ver pequeños cuervos que pasaban volando como flechas. Cuando me volvía ya no estaban. Y cuando cerraba los párpados veía destellos fugaces, como motos surcando la autopista a toda velocidad. Pensé que sufría alucinaciones o que tenía un tumor en el ojo, pero el médico me dijo que eran máculas en la retina, que a mucha gente le ocurre.
¿Cómo puede haber luces en la oscuridad? —le pregunté, tan desconcertada como solía quedarme con la luz del frigorífico.
Me explicó que mi ojo le decía al cerebro que había luz, así que mi cerebro lo creía. Por favor, no se rían. Eso solo exacerbó la cuestión de los cuervos. Y reavivó la paradoja del árbol que cae en el bosque. Quizá mis ojos simplemente le decían a mi cerebro que había cuervos en el arce.
Un domingo por la mañana me desperté y Sextus estaba durmiendo al otro lado de Dot. Quizá me habría interesado más si hubieran sido una pareja más atractiva. Él llevaba el pelo al rape y tenía granos, cejas albinas y una enorme nuez de Adán. Aun así era muy bueno en los rodeos, campeón con el lazo y en las carreras de barriles, y su cerdo había ganado tres años seguidos la exposición ganadera. Dot era fea, fea sin más. Toda la pintura que se ponía ni siquiera la hacía parecer ordinaria, solo acentuaba sus ojillos castaños y su enorme boca, siempre entreabierta por unos colmillos prominentes y a punto para gruñir. La zarandeé con suavidad y señalé a Sextus.
¡Cielo santo! —dijo, y lo despertó.
Salió por la ventana, bajando el álamo, y desapareció en pocos segundos. Dot me sujetó contra el heno, me hizo jurar que no diría una palabra.
Oye, Dot, hasta ahora no he dicho nada, ¿verdad?
Hazlo, y contaré lo tuyo con el mexicano —me estremecí, sonaba igual que mi madre.
Era un alivio no preocuparme por mi madre. Ahora me sentía mejor persona. No hosca ni resentida. Educada y solícita. No derramaba ni rompía ni dejaba caer las cosas como en casa. No me quería marchar nunca de allí. El señor y la señora Wilson siempre decían que era una chica dulce, trabajadora, y que me tenían por una más de la familia. Los domingos cenábamos en familia. Dot y yo trabajábamos hasta mediodía mientras ellos iban a la iglesia, luego cerrábamos, volvíamos a casa y ayudábamos a preparar la cena. El señor Wilson bendecía la mesa. Los chicos se daban codazos y reían, hablaban de baloncesto, y todos hablábamos de, bueno, no me acuerdo. Quizá tampoco hablábamos mucho, pero se respiraba cordialidad. Decíamos: «Por favor, pasa la mantequilla». «¿Salsa para la carne?» A mí me encantaba que mi servilleta, con su correspondiente aro, fuese en el aparador con las de todos los demás.
Los sábados conseguía que alguien me llevara a Nogales, y luego iba en autobús a Tucson. Los médicos me colocaban durante horas en un aparato de tracción idéntico a un fundíbulo medieval, hasta que no podía resistir el dolor. Me medían y comprobaban lesiones nerviosas clavándome agujas, golpeándome las piernas y los pies con unos martillos. Ajustaban el corsé y el alza de mi zapato. Parecía que se acercaban a un veredicto. Distintos doctores examinaron mis radiografías. Un especialista de renombre al que estaban esperando dijo que mis vértebras estaban demasiado cerca de la médula espinal. La cirugía podía provocar parálisis, perjudicar los distintos órganos que se habían compensado por la desviación. Sería caro, no solo por la cirugía, sino porque durante la recuperación habría de pasar cinco meses inmóvil tumbada boca abajo. Me alegré de no verlos muy partidarios de la operación. Estaba segura de que si me enderezaban la columna, mediría más de dos metros, pero quería que continuaran examinándome. No quería ir a Chile. Dejaron que me quedara con una de las radiografías, en la que se veía el corazón de plata que Willie me regaló. Mi columna en forma de S, mi corazón desplazado y el corazón de plata justo en el centro. Willie la puso en una ventanita al fondo del Laboratorio de Ensayos Minerales.
A veces los sábados por la noche había bailes campestres, a las afueras de Elgin o Sonoita. En graneros. Acudía todo el mundo de varios kilómetros a la redonda, viejos, jóvenes, chiquillos, perros. Los huéspedes de los ranchos para turistas. Las mujeres traían cosas para comer. Pollo frito y ensaladilla de patata, pasteles, tartas y ponche. Los hombres salían en pelotón y se quedaban bebiendo cerca de sus rancheras. También algunas mujeres; mi madre siempre, por ejemplo. Los chicos del instituto se emborrachaban y vomitaban, los sorprendían besuqueándose. Las señoras mayores bailaban entre ellas, o con los niños. Todo el mundo bailaba. Polcas, más que nada, pero también bailes lentos y bugui-bugui. Algunas cuadrillas, o danzas mexicanas como La Varsoviana. Salto, salto y vuelta entera. Tocaban cualquier cosa, de «Night and Day» a «Detour, There’s a Muddy Road Ahead», de «Jalisco no te rajes» a «Do the Hucklebuck». Cada vez había una orquesta distinta pero con el mismo repertorio. ¿De dónde salían aquellos músicos maravillosos y variopintos? Pachucos a los metales y el güiro, guitarristas country con anchos sombreros, percusionistas de bebop, pianistas con aires de Fred Astaire. Lo más parecido que he oído a aquellas pequeñas bandas fue en el Five Spot a finales de los cincuenta. El «Ramblin’» de Ornette Coleman. A todo el mundo le pareció rompedor y alucinante. A mí me sonaba a Tex-Mex, como un buen baile folclórico en Sonoita.
Las sobrias amas de casa, herederas del espíritu de los pioneros, se engalanaban para el baile. Permanentes caseras y carmín, tacones altos. Los hombres eran rancheros o mineros curtidos, criados en la Gran Depresión. Trabajadores serios, temerosos de Dios. Me encantaban las caras de los mineros. Los hombres a los que solía ver sucios y demacrados al final de un turno ahora estaban colorados y alegres, aullando el «Aha, San Antone» o sus «Ay, ay, ay» a grito pelado, porque la gente no solo bailaba, sino que también cantaba y daba alaridos. Cada tanto el señor y la señora Wilson paraban un momento.
¿Has visto a Dot? —me preguntaban jadeando.
La madre de Willie iba a los bailes con un grupo de amigas. Bailaba todas las canciones, siempre con un vestido bonito, el pelo recogido, el crucifijo meciéndose al compás. Era hermosa y joven. Y toda una dama. Mantenía las distancias en los bailes lentos y no salía a beber. No, yo no me fijaba en eso. Pero las mujeres de Patagonia sí, y lo mencionaban a su favor. También decían que no seguiría viuda mucho tiempo. Cuando le pregunté a Willie por qué él nunca venía, me dijo que no sabía bailar y además debía cuidar de sus hermanos. Pero vienen muchos niños, por qué no podían venir ellos también. No, dijo Willie. Su madre necesitaba un poco de diversión, despreocuparse de los hijos de vez en cuando.
Bueno, ¿y tú qué?
A mí no me importa. Y no lo hago por generosidad. Quiero que mi madre encuentre otro marido tanto como ella —dijo.
Si los prospectores estaban en el pueblo, los bailes se animaban de verdad. No sé si todavía hay prospectores en las minas, pero en aquellos tiempos eran una raza aparte. Siempre trabajaban por parejas, aparecían en el yacimiento a toda velocidad entre una nube de polvo. No conducían rancheras o coches convencionales, sino biplazas relucientes metalizados que centelleaban a través de la polvareda. Tampoco vestían con ropa tejana o caqui como los rancheros o los mineros. Quizá se la pusieran cuando bajaban a los pozos, pero cuando viajaban o en los bailes iban con trajes oscuros y camisas y corbatas sedosas. Llevaban el pelo largo, peinado en un tupé, con largas patillas, a veces bigote. A pesar de que solo los vi en el oeste del país, sus matrículas solían ser de Tennessee o Alabama o Virginia Oeste. Nunca se quedaban mucho tiempo, una semana a lo sumo. Les pagaban más que a los neurocirujanos, según mi padre. Se encargaban de abrir o encontrar un buen filón, me parece. En cualquier caso eran importantes y hacían un trabajo peligroso. También parecían peligrosos y, ahora lo sé, derrochaban carisma. Fríos y arrogantes, tenían el aura de los matadores, los atracadores de banco, los lanzadores de relevo. En los bailes campestres, todas las mujeres, viejas o jóvenes, querían bailar con un prospector. También yo. Los prospectores siempre querían bailar con la madre de Willie. La esposa o la hermana de alguien que había bebido de más invariablemente acababa fuera con uno de ellos y se armaba una pelea sangrienta, y todos los hombres salían en tropel del granero. Las peleas siempre se zanjaban cuando alguien disparaba al aire y los prospectores se perdían en la oscuridad de la noche, mientras los galanes heridos volvían al baile con una mandíbula hinchada o un ojo morado, y la orquesta tocaba alguna canción sobre amores despechados.
Un domingo por la tarde el señor Wise nos llevó a Willie y a mí hasta la mina, a ver nuestra antigua casa. Entonces me embargó la añoranza, al oler las rosas trepadoras de mi padre, caminando bajo los viejos robles. Peñascos rocosos alrededor y vistas de los valles y del monte Baldy. Vi los halcones y los arrendajos, oí el repiqueteo de las poleas en la planta trituradora. Eché de menos a mi familia e intenté no llorar, pero no pude contener las lágrimas. El señor Wise me dio un abrazo, me dijo que no me preocupara, probablemente me reuniría con ellos una vez acabara la escuela. Miré a Willie. Señaló con la cabeza hacia la hembra de gamo y sus cervatillos que nos observaban, apenas a unos pasos.
Ellos no quieren que te vayas —me dijo.
Así que probablemente habría ido a Sudamérica. Pero entonces hubo un terrible terremoto en Chile, una catástrofe nacional, y mi familia murió. Seguí viviendo en Patagonia, Arizona, con los Wilson. Al acabar el instituto conseguí una beca para estudiar Periodismo en la Universidad de Arizona. Willie también consiguió una beca, y se matriculó a la vez en Geología e Historia del Arte. Nos casamos al terminar la carrera. Willie encontró trabajo en la mina de Trench y yo trabajé para el Nogales Star hasta que nació nuestro primer hijo, Silver. Vivíamos en la preciosa vieja casa de adobe de la señora Boosinger (que para entonces ya había muerto) en lo alto de la montaña, en una finca de manzanos cerca de Harshaw.


Quizá suene melindroso, pero Willie y yo vivimos felices desde entonces.
¿Y si realmente hubiera ocurrido, el terremoto? Sé muy bien lo que habría pasado. Ese es el problema con las especulaciones. Tarde o temprano tropiezas con un escollo. No habría podido quedarme en Patagonia. Habría acabado en Amarillo, Texas. Planicies interminables y silos y cielo y rastrojos a merced del viento, ni una montaña a la vista. Viviendo con mi tío David y mi tía Harriet y mi bisabuela Grey. Me habrían considerado un problema. Una cruz con la que cargar. Ellos siempre se quejarían de mis «llamadas de atención», que para el terapeuta serían «llamadas de socorro». Después de salir del correccional de menores no pasaría mucho tiempo antes de que me fugara con un prospector de paso por la ciudad, camino a Montana, y ¿pueden creerlo? Mi vida habría acabado exactamente igual que ahora, bajo las rocas calizas de la cresta Dakota, con los cuervos.

Manual para mujeres de la limpieza, 2015.