España
1942.
Jugaban
a estar muertos. Juan solía hacerlo de forma dramática hincando las
rodillas en el suelo y dejándose caer hacia delante. Aseguraba que
había visto morir así a un fusilado detrás del cementerio. El
Pelao prefería caerse hacia atrás torpemente. Pero el que mejor lo
hacía era Angelillo, el hijo de la viuda. Se agarraba el estómago
con manos crispadas y se desplomaba poniendo un gesto de agonía tan
real que daba escalofríos. A todos les sorprendía su manera de
meterse en el papel porque, cuando volvían a su casa, por el camino
seguía agarrándose la barriga y poniendo gesto de dolor.
En frasco pequeño.
Rincón de cuentos, breves y micros.
jueves, 16 de abril de 2026
Hambre. Sara Nieto.
domingo, 12 de abril de 2026
El candelabro de plata. Abelardo Castillo.
Nunca
he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un
sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde,
para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas
las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo. Pero al menos
hoy he comprendido algo; lo he comprendido después de lo que pasó
esta noche: soy un hombre bueno. No lo digo, no escribo esto, para
justificar nada. De ocurrirme semejante cosa debería admitir que yo
mismo repudio lo que he hecho, y no es cierto, y aunque fuera cierto:
acabo de hacer feliz a un miserable. Quién podría juzgarme, quién
sobre la Tierra (quién en el cielo) se atrevería a juzgarme.
Mejor
vayamos por partes. Todavía estoy borracho perdido pero trataré de
ser coherente.
Todo
empezó esta misma tarde; es decir, la tarde de ayer, puesto que
ahora deben de ser las tres o las cuatro de la mañana. Madrugada del
25 de diciembre de 1956. Navidad. Sobre la mesa todavía quedan
restos de la insólita fiesta. El candelabro de plata, más
anacrónico que nunca en medio de la suciedad y la pobreza que lo
rodean, parece ocuparlo todo ahora. Nunca he comprendido por qué
este candelabro no ha ido a parar, como las otras pocas cosas
heredadas de mi padre, al Banco de Empeño, o al cambalache. En esto,
pienso, se parece a la conciencia. Supongo que nunca voy a poder
desprenderme de él.
Digo
que empezó a la tarde. Había ido a dar sabe Dios cómo a cualquier
sórdido callejón del Dock, cuando, al oír un acordeón y las risas
de un cafetín del muelle, reparé en la fecha. Entonces me vi en el
viejo parque de nuestra casa. No sé explicarlo. Las luces, las
esferas de colores: recordé todo eso, recordé el portalito que yo
mismo, mezclando hasta el absurdo ríos azules y arpilleras nevadas,
construía todos los años en mitad del jardín (me acuerdo ahora del
Dios-Niño, siempre espantosamente grande en relación a su divina
madre, como justificando al fin lo milagroso del alumbramiento), y
sentí un asco tan profundo por mi vida que —como quien se lava—
decidí celebrar mi propia Nochebuena.
La
idea parecerá trivial, pero a mí me apasionó y, antes de las diez,
también había fiesta en este innoble agujero que ahora es mi casa.
Con orgullo pueril, me senté a contemplar el espectáculo. El
candelabro labrado, en el centro de la mesa, parecía irradiar su
antigua serenidad hacia todos los rincones. Al principio me sentí
bien; era una sensación extraña, como de paz —un gran sosiego—,
pero, poco a poco, empecé a preocuparme. Qué significaba todo esto.
Para qué lo había hecho: para quién. Podría jurar que en ese
preciso instante supe que estaba solo y, por primera vez en muchos
años, necesité imperiosamente de alguien. Una mujer. No. Rechacé
la idea con repulsión. Hubo una sola capaz de ser insustituible
(capaz de no ser insoportable) y ésa no vendría ya. Nunca vendría.
Entonces
recordé al viejo checoslovaco.
Lo
había visto muchas veces en uno de esos torvos cafés del puerto que
suelo frecuentar cuando, embrutecido de ginebra, quiero divertirme
con la degradación de los demás, y con la mía. Pobre viejo:
semioculto en un recoveco, siempre igual, como si formara parte de la
imagen infame de la cantina, fumando su pipa, mirando fijamente un
vaso de bebida turbia. Nunca habíamos hablado. Jamás lo hago con
nadie —llego y me emborracho solo, a veces también escribo alguna
cosa absurda que después arrojo al primer tacho de basuras que
encuentro a mi paso—; pero yo sabía que él me miraba. Era como si
una ligazón muda, un vínculo invisible y misterioso, nos uniera de
algún modo. Al menos, teníamos una cosa en común, dos cosas: la
soledad y el fracaso. El viejo checoslovaco; ése era el hombre que
yo necesitaba.
Cuando
llegué frente a la roñosa vidriera del negocio, lo vi. Ahí estaba,
tal como lo había supuesto. Una atmósfera desacostumbrada rodeaba
al viejo —también allí se regocija uno de que nazca Dios, de que
venga y vea cómo es esto. Una mujer pintarrajeada se le acercó y,
riendo, le dijo alguna cosa; él no pareció darse cuenta. Sí, ése
era mi hombre. Me abrí paso entre las parejas. Enormes marineros de
ropas mugrientas abrazaban a mujerzuelas indescriptibles que se les
echaban encima y reían. Alguna de ellas dijo: «¿Quién te crees
vos que soy?», y, adornado con un insulto brutal, le respondieron
quién se creían que era. No podía soportar aquello; por lo menos,
no esta noche; pensé que si me quedaba un minuto más iba a vomitar,
o a golpear a alguien, o a llorar a gritos, no sé. Llegué hasta el
viejo y lo tomé del brazo.
—Te
venís conmigo —le dije.
Mi
voz debe
de haber sido asombrosa; el hombre alzó los ojos, unos ojos
celestes, clarísimos, y balbuceó:
—¿Qué
dice usted, señor…?
—Que
ahora mismo te venís conmigo, a mi casa, a pasar una Nochebuena
decente.
—Pero,
cómo, yo… con usted.
Casi
a rastras lo saqué de allí. Nadie, sin embargo, nos prestó
atención.
Faltaba
algo más de una hora para la medianoche. El viejo, cohibido al
principio, de pronto empezó a hablar. Tenía un acento raro, dulce.
Se llamaba Franta, y creo no haberme sorprendido al darme cuenta de
que no era un hombre vulgar; hablaba con soltura, casi con
corrección. Acaso yo le había preguntado algo, o acaso, rota la
frialdad del primer momento (para esa hora ya estábamos bastante
borrachos), la confesión surgió por sí misma. El hecho es que
habló. Habló de su país, de una pequeña aldea perdida entre
colinas grises, de una mujer rubia cuyos ojos —fueron sus palabras—
eran transparentes y azules como el cielo del mediodía. Habló de un
muchachito, también rubio, también de ojos azules.
—Ahora
será un hombre —había dicho—. Hace treinta años, cuando vine a
América, él apenas caminaba.
Dijo
que ése era su último recuerdo. Bebió un trago de champán y
agregó:
—Pensar,
señor, que ahora tiene un hijo. Qué cosa. Y yo me los imagino a los
dos iguales, qué cosa.
Yo
pensé entonces en aquel nieto. Ojos de cielo al mediodía, pelo de
trigo joven, de qué otro modo podía ser. Sólo que el viejo Franta
difícilmente iba a comprobarlo nunca.
—Pero,
¿cómo supiste de ellos?
—El
capitán de un barco mercante, señor, me reconoció hace un mes.
Yo
pensaba, me acuerdo, cómo era posible reconocer en ese pordiosero
que tenía delante, en ese viejo entregado, roto, la imagen que dejó
en otro treinta años atrás. Y ahora pienso que siempre queda algo
donde hubo un hombre, y quién sabe: a lo mejor, a mí también me va
a quedar algo cuando, como el viejo, tenga la mirada perdida y le
diga «señor» al primer sinvergüenza bien vestido que me hable.
Pregunté:
—¿Y
no intentaste volver…? ¿No trataste…? Él me miró, perplejo;
después, a medida que hablaba, su cara fue endureciéndose.
—Volver.
¿Volver así? Usted lo dice fácil, señor; pero es… Es muy feo.
Volver como un mendigo —el tono de su voz empezó a ser rencoroso—,
un mendigo borracho que en la puerta de la iglesia pide por un Dios
en el que ya no cree… No, señor. Volver así, no. Ella, Mayenko,
se murió hace mucho, y mejor si allá piensan que yo también me
morí hace mucho… —Hizo una pausa, ahora hablaba como quien
escupe.— Yo me jugué la plata que había juntado para hacerla
venir, ¿se da cuenta?, entonces ella se murió. Esperando. No ve que
todo es una porquería, señor.
La
palabra es una caricatura miserable. Quién puede explicar con
palabras, aunque esté contando su propia vida, todo lo que induce a
un hombre a entregarse, a venderse todos los días un poco, hasta
llegar a ser como vos, viejo. Cuántas pequeñas canalladas, cuántas
porquerías imperceptibles forman esa otra gran porquería de la que
él habló: el alma. Pobre alma de miserables tipos que ya han dejado
de ser hombres y son bestias, bestias caídas, arrodilladas de
humillación.
—Qué
vergüenza, señor.
Eso
dijo, qué vergüenza, y después agregó: No poder matarse.
Para
el viejo Franta yo era algo así como un millonario, tal vez un poco
desequilibrado y algo artista (mis ropas, la manía que tengo de
escribir en los tugurios y acaso el candelabro le habían hecho
suponer semejante desatino), yo era un loco con plata, en suma, que
buscaba literatura en los bajos fondos de Buenos Aires. Entonces
empezó a darme vueltas en la cabeza aquella idea que, más tarde, se
transformaría en un colosal engaño.
Quiero
decir algo: miento prodigiosamente. Y es natural. La fantasía del
que está solo se desarrolla, a veces, como una corcova de la
imaginación, un poco monstruosamente; con ella elabora un universo
tramposo, exclusivo, inverificable, que —como el creado por Dios—
suele acabar aniquilándose a sí mismo. El suicidio o la locura son
dos formas del apocalipsis individual: la venganza de la soledad.
Pero
éste es otro asunto. Lo que quería decir es que amo la mentira, la
adoro, me alimento de ella y ella es, si tengo alguna, mi mayor
virtud. Miento, de proponérmelo, con maestría ejemplar, casi
genialmente. Y esta noche puse toda mi alma en el engaño. Él me
creía rico y caprichoso, pues bien: lo fui. A medida que yo hablaba
bebíamos sin interrupción y, a medida que bebíamos, mi palabra se
hacía más exacta, más convincente, más brillante. Lo engañé,
pobre viejo, lo engañé y lo emborraché como si fuera un chico. De
todos modos, no puedo arrepentirme de esto. Conté una historia
inaudita, febril, en la que yo era (como él quiso) uno que no
entraría aunque un escuadrón de camellos se paseara por el ojo de
una aguja. Mi fortuna venía de generaciones. Jamás, ni con el más
prolijo y concienzudo derroche, podría desembarazarme de ella; esta
forma de vivir que yo llevaba —él lo había adivinado— no era
más que una extravagancia, una manera de quitarme el aburrimiento.
El viejo, poco a poco, empezó a odiarme. Y yo, mientras improvisaba,
iba llenando una y otra vez nuestras copas. Ennoblecida por el
alcohol, la idea aquella se gestaba cada vez más precisa y
fascinante: yo haría feliz a ese pobre diablo. Aunque todavía no
sabía cómo.
De
pronto, dijo:
—Pero,
¿por qué, señor, por qué…?
No
acabó de hablar: no se atrevió. Yo supe que en ese instante me
aborrecía con toda su alma. Ah, si él, el mugriento vagabundo,
hubiese tenido una parte, al menos una parte de mi supuesta fortuna.
Sí, yo sabía que él pensaba esto; yo sabía que ahora sólo
pensaba en una aldea lejana, en un chico de mirada transparente y
pelo como trigo joven. Sin responder, me puse de pie. Fui a buscar
las dos últimas botellas que nos quedaban.
Le
estaba dando la espalda ahora, pero podía verlo: inconscientemente
su mano se había cerrado sobre el mango de un cuchillo que había
sobre la mesa, pobre viejo. Ni siquiera pensaba que, de una sola
bofetada, yo podía arrojarlo a la calle despatarrado por la
escalera. Empezaba, él también, a ser una persona.
Volví
a la mesa, sus dedos se apartaron.
—¿Sabes
por qué? ¿Querés saber por qué?
Bebimos.
Hubo un silencio durante el cual miré rectamente a sus ojos;
después, bajando la cabeza como aplastado por el peso de lo que iba
a decir, agregué con brutalidad:
—¿Sabes
lo que es el cáncer, vos?
El
viejo me miraba. Apoyé las manos sobre la mesa y, con mi cara a
nivel de la suya, dije:
—Por
eso. Porque yo también soy un pobre infeliz que no se anima a
partirse la cabeza contra una pared.
El
viejo, que me había estado mirando todo el tiempo, de golpe
comprendió lo que yo quería decir y sus ojos se hicieron enormes.
Concluí secamente:
—Por
eso.
—Quiere
decir…
—Quiere
decir que estás hablando con uno que ya se murió. ¿Entendés? Y
entonces ni toda mi plata ni toda la plata de veinte como yo va a
poder resucitarme. —Me erguí; hablaba con voz serena y contenida.
—Por eso vivo lo poco que me queda como mejor me cuadra. Yo no
pertenezco al mundo, viejo. El mundo es de ustedes, los que pueden
proyectar cosas, los que tienen derecho a la esperanza o a la
mentira. Yo soy menos que un cadáver.
Mis
últimas palabras eran tal vez demasiado teatrales, pero Franta no
podía advertirlo.
—Cállese,
señor… —murmuró.
Y
mi idea, súbitamente, se dio forma a sí misma. Como un milagro.
—Un
cadáver —dije con voz ronca— que ahora, por una casualidad en la
que se adivina la mano de Dios, acaba de encontrar un motivo para
justificarse.
De
pronto, en el puerto, la noche estalló como una fiesta. En todos los
muelles las sirenas empezaron a entonar su histérico salmodio y el
cielo reventó de petardos. Brindamos con los ojos húmedos. Fuegos
multicolores se abrían hacia el río, desparramando sobre el mundo
extravagantes flores de artificio. Fue como si una enloquecida
sinfonía universal acompañara mis últimas palabras absurdas y
solemnes.
—Por
Dios, Franta —dije y creo que gritaba—; por ese Dios en el que
vos no crees y que acaba de nacer para todos los hombres, yo te juro
que toda mi fortuna servirá para que vuelvas a tu tierra. Es mi
reconciliación con el mundo. Vas a volver, viejo, y vas a volver
como un hombre.
La
Nochebuena se ardía. Pitos, sirenas y campanas se mezclaban con los
perfumes nocturnos y entraban en tumulto por la ventana abierta. A
nadie le importaba, es cierto, el judío recién nacido que pataleaba
en el pesebre, pero todos querían gozar del minuto de felicidad que
les ofrecía, él también, con su prodigiosa mentira. En la tierra,
bajo la Estrella, los hombres de buena voluntad se emborrachaban como
cerdos y daban alaridos.
Franta
me miró un instante. Sus ojos brillaban desde lo más profundo, con
un brillo que ya no olvidaré nunca: me creía. Me creía ciegamente.
En un arrebato de gratitud incontenible me besó las manos y balbuceó
llorando:
—No
te olvidaré mientras viva.
Me
había tuteado. Era un hombre: yo había cumplido mi obra.
Su
cabeza cayó pesadamente sobre la mesa. Estaba borracho de alcohol y
de sueños. En esa misma posición se quedó dormido. Soñaba que
volvía a la pequeña aldea de colinas grises y acariciaba unos
cabellos rubios y miraba unos ojos tan claros como el cielo del
mediodía.
Con
todo cuidado, retiré mis manos de entre las suyas y me levanté,
tambaleante. Tu cabeza era suave y blanca, viejo; yo la había
acariciado.
Después
levanté el pesado candelabro de plata. Amorosamente, con una ternura
infinita, poniendo toda mi alma en aquel gesto, y sin meditar más la
idea que desde hacía un segundo me obsesionaba, dije: Feliz
Nochebuena, Franta. Y le aplasté el cráneo.
Las otras puertas, 1961.
sábado, 11 de abril de 2026
Microficciones de Rolando Revagliatti.
Con semejante físico, es lógico, se da el gustazo de trompear, de vez en cuando, a escogidos cretinos en tren de patoteros. Ha noqueado, por ejemplo, a energúmenos choferes de colectivos. ¿Por qué limitarse a una discusión estéril, pudiendo escarmentarlos? ¡Ha corregido a tantos, elevándolos con naturalidad por sobre su cabeza, agitándolos, hasta hacerles deponer actitudes necias, presuntamente arraigadas! Impuso siempre su corpulencia, y permítaseme enunciarlo así: su preclaro vigor, como factor desmoralizante frente a comportamientos repetitivos de groseros y malintencionados. Ya desde la niñez el admirable Hércules implementó los mentados recursos. Con las mujeres se contiene: se limita a la -también mentada- estéril discusión.
Redactor
El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con: “El chico que no habla es el hijo único de su fallecida...”.
Huir
Claro que pensó en huir, harta de padecer la torpeza de los golpes de esa especie de marido colérico, de pésimo vino y borbotones de sevicia. También pensó en huir cuando su hijo cayera muerto por una bala perdida, entre los cohetes y petardos detonados por los chicos y adultos del barrio, después de transcurridos veinte minutos del año nuevo.
Pensó. Hasta que dejó de hacerlo. Después de veinte años la vieja sigue, loca, letárgica. Sigue huyendo.
En la mira
Linda mina, lindo tipo de hombre, se sienten cómodos en sus cuerpos flacos, debajo de sus abundantes cabelleras, encima de sus principescos pies.
Señor gordo, calvo, con juanetes, desencantado y empuñando una Magnum 44. Apunta (no sin fastidio).
Sobre el autor:
Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside.
Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios.
En ediciones digitales se hallan los seis tomos de su libro Documentales. Entrevistas a escritores argentinos, conformado por 159 entrevistas por él realizadas.
Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com Más de 1700 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se encuentran en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos y en https://www.arcoiris.tv/fonte/Rolando%20Revagliatti/
lunes, 6 de abril de 2026
El fantasma escoces. Carlo Pujol.
En
Escocia, la noche de San Silvestre no se niega a nadie la entrada en
las casas, aunque se exige el requisito de llevar bajo el brazo una
botella de whisky. Así, en medio del tumulto de aquellas excitadas
horas, conocí a Sir Malcolm, fantasma desambientado y ebrio que
insistía tartajosamente en su desazón espectral.
Hablamos
largo y tendido, él de su pasado heroico, que nublaban no sé qué
bromas de tristeza, yo de mis sueños, y coincidimos en todo, o al
menos ésa fue la sensación que tuve. A nuestro alrededor, ginebra y
whisky daban más estrépito a la orgía común, y teníamos que
acercarnos mucho el uno al otro para oír nuestras sentidas palabras.
Recuerdo
muy bien el olor a jardín húmedo y a brezo de las landas, y que una
y otra vez se entristecía, friolero, a pesar de la proximidad de la
chimenea. Volcó su corazón en confesiones de las que la memoria
sólo guarda un eco de dolor antiguo, y supo escuchar lo que yo le
conté como un abuelo inmemorial que no juzga, comprende y conforta
con la mirada.
—Ojalá
todas las noches fueran así —afirmó, envolviéndome en un aura de
gratitud, recordando quizá fastidiosos milenios de vida
ultraterrenal.
Cuando
iba a responder, él ya había desaparecido, sin dejar tras de sí
más que efluvios de tierra mojada y campo abierto. Llevábamos dos o
tres horas del nuevo año, la noche era estridente y una rubia
desgarbada que decía llamarse Peggy me hacía señas inseguras desde
el otro extremo del salón. Entonces me froté los ojos que habían
visto lo invisible.
domingo, 5 de abril de 2026
Unos milicianos de uniforme hambriento. José Luis Coll.
Unos milicianos de uniforme
hambriento, barba de tres días, mirada inculta, uñas grises, suelas
de esparto y correaje de caballería, llegaron a casa, a las órdenes
de un engafado burgués con disfraz de revolución. Entraron sin ser
invitados, empujando la puerta con el pie, tras llamar con la culata.
Nos miraban con un silencio insultante, a la vez que abrían puertas
a su antojo, como quien busca a un fantasma. A mi tía Aurora la
sorprendieron con el crepé en la mano, cuando se disponía a realzar
su tupé. Mi bisabuela canturreaba junto a la estufa aquello de: “Soy
un hombre que está desesperado. Soy un hombre que traga mucha hiel…”
Mi abuelo, como siempre, paseaba. Mi abuela cosía. Mi hermano no
estaba, así como tampoco el resto de la familia. Yo los miraba con
expectante curiosidad, barruntando que algo olía a chamusquina.
-¿Dónde
está? -preguntó el capataz.
-Dónde
está … ¿el qué? -dijo mi abuelo.
-Cállese
y conteste.
-Pero…
-¡Que
se calle le digo! ¡Vamos, conteste!
A
pesar de mis pocos años, no hacía falta ser un lince para
comprender la incongruencia de aquel ser con cerebro romo, que
entorpecía su propio interrogatorio, no dejando salida a la puerta
que él mismo abría.
Intervino
mi abuela:
-¿Se
puede saber qué es lo que quieren?
-Tenemos
orden de regristro.
-Enséñemela.
-No
la hemos traído, ni falta que nos hace. Representamos al pueblo.
-¿De
qué pueblo son ustedes? -pregunté lleno de curiosidad.
-Oye,
niño, no me seas tonto chorra, porque te pego una patá en los
cojones que sales por la ventana.
Intenté
aclararle algo, pero mi abuela me contuvo con un gesto. La verdad es
que sólo quería manifestarle la imposibilidad de su propósito, ya
que no había ventanas, sino balcones.
Después,
de manera sistemática y ritual, lo pusieorn todo patas arriba sin la
menor delicadeza. Deshicieron las camas, volcaron los cajones,
vaciaron los armarios del gabinete, arrancaron el perchero,
descerrajaron la alacena y la despensa, se subieron al fogón para
mirar por la chimenea, rompieron el botijo, la jofaina, los cajones
de la cómoda, abrieron los baúles, y hasta desparramaron la caja de
los hilos que había en la mesa camilla.
-¿Qué
es esto? -preguntó uno de los soldados de zarzuela.
Aquello
no era otra cosa que nuestro cine Pate-Babi, una especie de doble
compartimento metálico, con una bombilla y un rústico proyector,
que se enchufaba a la red y nos permitía disfrutar con las aventuras
de Mickey, Mini y la Bety Bo.
-Así
que con esto es con lo que se comunican ustedes con el enemigo, ¿no?
¡Fascistas de mierda!
Mi
abuelo, en mala hora, no pudo reprimir una sonora carcajada ante
tamaño disparate. Pero la carcajada no llegó a ser tan extensa como
él hubiera deseado. Aquel perspicaz de chaquetón de cuero, polainas
de cuero, cerebro de cuero y pistolón al cinto, le propinó una
bofetada de tal tamaño, que la mejilla izquierda le crecía poco a
poco ante nuestras impotentes e incrédulas miradas.
-¡Cobardes!
¿No les da vergüenza pegar a un anciano? ¿Es que no ven que esto
es un juguete de los niños?
-Conque
juguete, ¿eh? De momento, lo incautamos. Y como sea lo que me estoy
recelando, se van ustedes a enterar de lo que cuesta un peine.
Yo
sabía lo que costaba un peine, pero preferí callarme.
Se
marcharon dando un portazo, que hizo caer sobre el suelo del pasillo
un viejo cuadro pintado por mi bisabuelo, que representaba las
almenas de un castillo, en noche de luna, por las que sobrevolaban
cinco brujas montadas en sendas escobas.
Hasta
ese instante, el cuadro es lo único que estaba en el lugar que le
correspondía.
Mi
abuelo, todavía tumbado, se apretaba la mejilla con la mano
izquierda. Le brilalban los ojos. De joven había matado un burro de
un puñetazo. Ahora, otro burro casi lo mata a él. Mi abuela se
inclinó y le dio un beso en la frente. Mi tía acabó de ponerse el
crepé, llorando.
Yo
me limité a pensar: “Si lo que querían era llevarse mi cine, que
me lo hubieran pedido. Pero sin pegarle a mi abuelo. El hecho de que
él, de cuando en cuando, me dé un coscorrón o un papirotazo, no
tiene importancia. Yo sé que me quiere, aunque lo demuestre con
ahorro. Pero pegarle a mi abuelo… ¡Me cago en la leche puta!”
El hermano bastardo de Dios. 1984.
sábado, 4 de abril de 2026
¡Qué pena! León Felipe.
¡Qué
pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y
siempre se repitieran
los
mismos pueblos, las mismas ventas
los
mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué
pena si esta vida tuviera
—esta
vida nuestra—
mil
años de existencia!
¿Quién
la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién
la soportaría toda sin protesta?
¿Quién
lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al
ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los
mismos hombres, las mismas guerras,
los
mismos tiranos, las mismas cadenas,
los
mismos farsantes, las mismas sectas
¡y
los mismos, los mismos poetas!
¡Qué
pena,
que
sea así todo siempre, siempre de la misma manera!
Versos y oraciones de caminante, 1920.
viernes, 3 de abril de 2026
El ruido de un trueno. Ray Bradbury.
El
anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de
agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en
la momentánea oscuridad:
SAFARI
EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL
ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.
Una
flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva
empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca
formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano
se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del
escritorio.
-¿Este
safari garantiza que yo regrese vivo?
-No
garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se
volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él
le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece
sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además
de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels
miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña
zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya
plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde
ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de
pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y
este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí
mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De
las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas
salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas
endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas
desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la
muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los
cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se
devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas
en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros,
todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte
verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano,
el más leve roce de una mano.
-¡Infierno
y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el
rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la
cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer,
yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios
ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí
-dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher
hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el
antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La
gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente.
Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492.
Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris.
De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación
es…
Eckels
terminó la frase:
-Matar
mi dinosaurio.
-Un
Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo
de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos
responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels
enrojeció, enojado.
-¿Trata
de asustarme?
-Francamente,
sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El
año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores.
Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador
pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para
que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los
tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El
señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena
suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está
a su disposición.
Cruzaron
el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina,
hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero
un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego
día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una
década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina
rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los
intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado,
con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó
los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro
hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente,
Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos
a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos
fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a
Eckels.
-Si
da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-.
Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la
columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más
probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si
puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La
máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás.
Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios
santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos
envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El
sol se detuvo en el cielo.
La
niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban
en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y
dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo
no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a
hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra,
esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler…
no han existido.
Los
hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso
-señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil
cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró
un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre
pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y
eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su
provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera
una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El
propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del
pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga
de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y
no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por
qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros
lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo
mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No
queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro.
Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho
dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo
es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal
importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo
así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No
me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy
bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un
ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este
individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y
todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un
pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un
millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno,
¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso
qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que
necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones
muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre.
Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres,
infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la
destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve
millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la
única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un
tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a
todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el
hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las
cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse,
¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De
ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días.
Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo,
toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de
Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así
un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros
destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de
ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán
nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete
colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo
crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará
las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en
la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará
el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga
cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya
veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto.
Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores
infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en
sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones
extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté
equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez
sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto
aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una
desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego,
una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la
conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil.
Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el
aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando
de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo
sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis.
Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el
tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible
crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este
sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados,
como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno
para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo
sabemos qué animales podemos matar?
-Están
marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje,
enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era
particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para
estudiarlos?
-Exactamente
-dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia,
observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se
acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba
a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de
alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le
arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No
podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo
que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de
aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que
nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero
si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían
haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió?
¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?
Travis
y Lesperance se miraron.
-Eso
hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite
esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando
va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un
avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la
Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con
nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo
de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro
monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con
vida.
Eckels
sonrió débilmente.
-Dejemos
esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a
dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la
jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como
música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los
pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos
gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels,
guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle,
bromeando.
-¡No
haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita
sea! Si se le dispara el arma…
Eckels
enrojeció.
– ¿Dónde
está nuestro Tyrannosaurus?
– Lesperance
miró su reloj de pulsera.
-Adelante.
Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura
roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el
Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se
adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué
raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años,
ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran.
Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante
meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten
el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels.
Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He
cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús,
esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
– Ah
-dijo Travis.
-Todos
se detuvieron.
Travis
alzó una mano.
-Ahí
adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La
jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.
De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El
ruido de un trueno.
De
la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo
-murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía
a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez
metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal,
apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de
reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos
blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una
vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un
guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y
acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos
delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los
hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía
sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se
alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba
una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas,
ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en
una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un
lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando
huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese
unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio
para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y
sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios
mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la
luna.
-¡Chist!
-Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No
es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto,
como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su
razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire
comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese!
-siseó Travis.
-Una
pesadilla.
-Dé
media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina.
Le devolveremos la mitad del dinero.
-No
imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es
todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos
vio!
-¡Ahí
está la pintura roja en el pecho!
El
Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil
monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se
movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía
retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El
monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme
de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que
saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección.
Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi
zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No
corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-Sí.
Eckels
parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos.
Lanzó un gruñido de desesperanza
-¡Eckels!
Eckels
dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí
no!
El
monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un
grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se
alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que
los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió
con los dientes brillantes al sol.
Eckels,
sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con
el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó,
y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde.
Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que
ocurría atrás.
Los
rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y
truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose.
Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo
retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los
hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos
entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado
bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes.
Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes
iris negros.
Como
un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el
Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los
arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los
hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez
toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo
azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de
serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la
garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas
bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se
quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El
trueno se apagó.
La
jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego
de la pesadilla, la mañana.
Billings
y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance,
de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En
la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose.
Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la
Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos
trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros,
sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron
la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne
sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a
medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos
dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de
un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba
para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una
excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se
las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne,
perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados
antebrazos, quebrándolos.
Otro
crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y
cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí
está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol
gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró
a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No
podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí
donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los
pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto.
Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos
llevar una foto con ustedes al lado.
Los
dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo
cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el
monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros
reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante
armadura.
Un
sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels
estaba allí, temblando.
-Lo
siento -dijo al fin.
-¡Levántese!
-gritó Travis.
Eckels
se levantó.
-¡Vaya
por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-.
Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance
tomó a Travis por el brazo. -Espera…
-¡No
te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo
de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus
zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos
arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de
dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó.
¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta
quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la
Historia!
-Cálmate.
Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo
podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un
condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels
buscó en su chaqueta.
-Pagaré
cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis
miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya
allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta
los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso
no tiene sentido!
-El
monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos
dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo.
Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La
jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de
los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo
vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un
rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó
temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos
hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón
de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No
había por qué obligarlo a eso – dijo Lesperance.
-¿No?
Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo
inmóvil.
-Vivirá.
La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una
fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a
casa. 1492. 1776. 1812.
Se
limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones.
Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró
furiosamente durante diez minutos.
-No
me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién
puede decirlo?
-Salí
del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué
quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá
lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo
listo el fusil.
-Soy
inocente. ¡No he hecho nada!
1999,
2000, 2055.
La
máquina se detuvo.
-Afuera
-dijo Travis.
El
cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El
mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no
exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis
miró alrededor con rapidez.
-¿Todo
bien aquí? -estalló.
-Muy
bien. ¡Bienvenidos!
Travis
no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del
aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy
bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels
no se movió.
-¿No
me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels
olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan
sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos
subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris,
azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá
de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se
estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento
raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía
de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los
perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de
este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que
no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…,
se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo
era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más
allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un
viento seco…
Pero
había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la
oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al
entrar allí por vez primera.
De
algún modo el anuncio había cambiado.
SEFARI
EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA
EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels
sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso
barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No,
no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida
en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una
mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No
algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó
al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir
todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño
dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó,
a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels
giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar
una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía
el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
– ¿Quién…
quién ganó la elección presidencial ayer?
El
hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se
burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese
condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un
hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels
gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos
temblorosos.
-¿No
podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los
oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos
hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No
podríamos…?
No
se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que
Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro,
y apuntaba.
El
ruido de un trueno.
Las doradas manzanas del sol, 1953.






